Lo que nadie menciona de las alfombras de oración es el grosor. Una alfombra fina y decorativa queda mejor en la foto y duele a la semana; por debajo de unos 5 mm no ofrece nada a la frente ni a las rodillas sobre suelo duro. Las de espuma viscoelástica van de 10 a 20 mm y son por lo que la mayoría acaba cambiando la primera.
El largo también cuenta. El estándar ronda los 110 cm, corto para quien pase de 175 cm: los pies quedan fuera. Si es su caso, busque 120 cm o más.
Las alfombras de viaje son otra cosa a propósito: finas, plegables hasta caber en un bolsillo, a menudo con una brújula cosida. Esa brújula es aproximada y conviene contrastarla una vez con el móvil al llegar, en lugar de fiarse a ciegas.
En los rosarios, la madera y el hueso de dátil son silenciosos en la mano; el plástico suena, y eso se nota en una sala donde otros rezan. Un contador digital de anillo resuelve la cuenta a quien se pierde, y cuesta muy poco.
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