Un Corán impreso se compra una vez y se guarda años, así que las dos decisiones que merecen calma son la caligrafía y la encuadernación.
La caligrafía importa más de lo que admiten los anuncios. La escritura uzmani es la de las ediciones de Medina y con la que se han criado la mayoría de los lectores árabes; la escritura indopakistaní, común en el sur de Asia, coloca las vocales de otro modo y resulta extraña a quien aprendió la otra. Ninguna es más correcta, pero leer una grafía que no se aprendió cansa y desanima: elija la suya, no la más barata.
El tamaño depende del uso. Uno de 14x20 cm cabe en un bolso y en el regazo; una edición de letra grande es lo que se agradece a partir de los cuarenta, y suele ser una talla más de la que uno elige al principio. La tapa dura con lomo cosido aguanta el uso diario; los encolados se parten por el pliegue en un año.
En las traducciones el traductor rara vez aparece destacado: conviene mirarlo. Una interlineal palabra por palabra sirve al que aprende; una traducción en prosa fluida, al que lee. Nada de esto sustituye al tafsir.