El significado de las dos frases del Credo
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La puerta de entrada al Islam es solo una frase: Asyhadu an laa ilaaha illallah, wa asyhadu anna Muhammadar Rasulullah. Testifico que no hay dios digno de adoración excepto Alá, y testifico que Mahoma es el mensajero de Alá. Se dice una frase ligera, pero los eruditos la llaman la frase más pesada de la balanza. El primer credo, laa ilaaha illallah, se compone de renunciación y afirmación. "Laa ilaaha" rechaza toda adoración: ídolos, riqueza, posición, lujuria, cualquier cosa que se trate por encima de Allah. "Illallah" determina quién es el único con derecho al culto, al amor supremo y a la obediencia absoluta. Tawhid no es sólo creer que Alá existe: los politeístas de La Meca también reconocen a Alá como el creador (QS Az-Zukhruf: 87). Lo que hace diferente a Muslim es que purifica la adoración sólo para Él. El segundo credo sitúa a Muhammad, sallallahu alaihi wa sallam, como un mensajero cuyas noticias deben ser confirmadas, obedecer sus órdenes, evitar sus prohibiciones y no adorarse, porque es un siervo de Allah, no de Dios. La consecuencia: adorar sólo en la forma en que él ejemplificó. Estos dos credos crean dos condiciones para aceptar la caridad: la sinceridad sólo hacia Allah y seguir la guía de Su Mensajero. Los eruditos explican que laa ilaaha illallah tiene condiciones: conocimiento de su significado, creencia sin duda, aceptación sin rechazo, sumisión en caridad, honestidad, sinceridad y amor. Esto no es para dificultar las cosas, sino más bien para recordarles que la shahada es un voto viviente, no un mantra que se dice y luego se abandona. En la vida cotidiana, la shahada se pone a prueba en pequeñas decisiones: cuando las ganancias mal habidas son tentadoras, cuando los mandatos de Alá parecen pesados, cuando las tendencias mundiales van en contra de la sunnah. Cada vez que elegimos a Allah y Su Mensajero, la shahada se renueva. El Profeta informó que quien diga laa ilaaha illallah al final entrará al cielo, y la mejor manera de convertirla en la última palabra es convertirla en el aliento de la vida cotidiana.